
Réquiem para un amigo: Lo Cortés de Jaime Francisco
Por Arturo Llanes Reyes
Hermosillo, Sonora, octubre de 1986. El aroma a beisbol invadía el ambiente, no era para menos, pues una nueva temporada de la Liga Mexicana del Pacífico estaba asomándose, y, debido a ello, en la capital sonorense afloraba la pasión por el “rey de los deportes”.
En esa época el Internet y las redes sociales eran ciencia ficción. La radio, la televisión y los periódicos cumplían la encomienda de comunicar a las masas, las cuales, ávidas por informarse, consultaban diariamente esos medios con el interés de conocer el destino de los Naranjeros para la campaña 1986-87.
El fantasma de la incógnita sobrevolaba, ya que la organización anaranjada atravesaba un cambio generacional, sin pensarlo, el tema saltaba en las reuniones de amigos o en los sitios públicos, porque, a mediados de los ochenta, en la Ciudad de Sol, con una población de unos 400 mil habitantes, el beisbol era una religión. Se desayunaba, comía y cenaba sobre el asunto de la pelota, es más, el frío otoñal quedaba en el olvido opacado por el sabroso calor beisbolero, anticipando nuevas ilusiones o quizá decepciones en el diamante.
Ya se habían ido los grandes ídolos: Héctor Espino, Celerino Sánchez, Francisco Barrios, Sergio “Kalimán” Robles, Alex Treviño, Germán Barranca, Mario Mendoza, así como extranjeros que hicieron huesos viejos en el equipo, entre ellos Jerry Hairston, Elliot Wills, John Urrea, Rich Hinton, solamente quedaba, en el ocaso de su carrera, el gran Maximino León, junto a un veterano Ray Torres.
En contraparte, otros trataban de consolidarse: Cornelio García, Marco Antonio “Buzo” Guzmán, Homar Rojas, Manuel Baca, Salvador Colorado, Armando Pruneda, Luis Fernando Méndez, Julio Purata, Lorenzo Retes, sin olvidar al nuevo ídolo foráneo, Roy Johnson, quienes prometían construir una nueva dinastía, luego de la conquista de cuatro gallardetes y un subcampeonato entre 1972 y 1982.

Pero la transición no solamente sucedía en el terreno de juego, sino también en uno de los puntos más importantes de una franquicia deportiva: la cabina de transmisiones de ondas hertzianas. Y es que, tras décadas detrás del micrófono, siendo la voz oficial en radio del Club de Hermosillo, Fausto Soto Silva dejaba de lado los controles para darle paso a un joven y pertinaz cronista: Jaime Francisco Cortés Espinosa, quien a partir de la temporada 1986-1987 tomaría la responsabilidad de narrar “de a pecho” cada uno de los juegos de los Naranjeros.
Años después supe que Cortés Espinosa, originario de la capital del país, pero avecindado en Veracruz, venía de desempeñar ese puesto con los Potros de Tijuana (1983) y Tomateros de Culiacán (1984 y 1985). También narró juegos en la Liga Mexicana de Verano, sobre todo de los Diablos Rojos del México.
En ese 1986 yo tenía 12 años, y, desde 1981, con la fascinante “Fernandomanía” y el universo mágico de las tarjetas “Topps”, quedé atrapado por el magnetismo del beisbol, de tal forma, seguía de cerca la LMP y obviamente las Grandes Ligas, devoción que heredé de mi padre Jesús Arturo Llanes Camacho, en ese tiempo editor de la Sección de Deportes de El Sonorense y anteriormente de El Imparcial.

Exactamente, tal cual mencionamos al principio, corría el mes de octubre, poco antes del inicio de la campaña invernal, ahí fue cuando traté personalmente a Jaime Francisco Cortés, a quien veía, en mi adolescencia, como una persona muy grande, pero apenas tenía 26 años de edad.
Cuál fue mi sorpresa cuando el próximo cronista en radio de los Naranjeros, invitado por mi papá, llegó a comer a nuestra casa, pues, un año antes, en la Serie del Caribe de 1985 en Mazatlán, Sinaloa, habían entablado una rápida amistad al coincidir en la cobertura de la “Serie Mundial Latinoamericana” celebrada en el “Teodoro Mariscal”, debido a que Jaime Francisco acudió siendo reportero de Notimex.
Incluso, ya con la temporada en marcha, no dejó de visitarnos, representaba un verdadero deleite oír aquellas pláticas todavía frescas en mi mente, impregnadas de ese singular conocimiento. Las charlas venían llenas de ese aderezo especial y esencial impulsado por el beisbol a través de sus números, estadísticas, hazañas, historias. Yo, sin perder detalle, aprendía más sobre ese mundo deslumbrante que apenas descubría.
De hecho, algunas tardes el mismo Jaime Francisco compartía tiempo conmigo jugando al Atari, el “padre” de los videojuegos caseros, aquella consola previa a las modernas de hoy en día. Esa caja cuadrada provista de dos controles “joystick” nos hacía alucinar. Evidentemente, disfrutábamos, sobre todo, de los cartuchos deportivos.
¡Y… Claro! El “casete” del beisbol ocupaba el puesto principal. Pasábamos horas tratando de controlar aquellas figuritas de “peloteros” que aparecían en la vetusta televisión bajo una arquitectura de 8 bits, dispositivos tan obsoletos que un chamaco de la actualidad no dudaría en nombrarlos piezas arqueológicas ¡Tecnología pura para ese entonces! La imagen lucía insólita: sentado enseguida de mí, sonriendo como un niño, estaba el cronista en radio de los Naranjeros, quien en un rato narraría un juego verdadero, sin embargo, por el momento trataba de pegar un jonrón virtual.

Las hojas del calendario volaron y a finales de los noventa volvimos a encontrarnos, ahora como colegas, ya que en 1999 inicié mi trayectoria en el periodismo deportivo en el diario El Independiente. Una vez más nos estrechamos la mano, en esta ocasión en un campo de beisbol real.
De cierto modo de nuevo conviví con él, porque, en los menesteres de reportero, en plena temporada de la LMP, era de rigor escuchar por radio los duelos de visita de Hermosillo. La precisa y detallada crónica de Jaime representaba el panorama perfecto para anotar el juego y después redactar la nota.
En casa, horas antes del juego, previo al inicio de los encuentros en el “Héctor Espino” y posteriormente en el Estadio Sonora, los reporteros andábamos en la caseta local, en busca de una entrevista o un tip que diera pie a una buena nota. Por tal motivo, cuando Jaime bajaba a los dugouts para apuntar las alineaciones de cada novena, solíamos cruzar breves palabras.
A finales de la década pasada, cuando desempeñaba el puesto de coeditor de Acción en Expreso, hablaba con él casi a diario, aunque el llamado solo implicaba un saludo y de paso corroborar que su columna había llegado a la redacción. En diciembre del 2025 lo vi por última vez, fue una visita fugaz en la cabina ubicada en lo más alto del “Fernando Valenzuela”. Paradójicamente los Naranjeros sostuvieron un doble juego diurno ante los Cañeros. Me hizo recordar los viejos tiempos.

En todo momento Jaime Francisco Cortés siempre fue ceremonioso, profesional en su trabajo, dedicado, con un estilo inconfundible para narrar cada jugada de los Naranjeros. Por 39 temporadas nos hizo vibrar, sentir múltiples emociones, desde la conquista de un campeonato hasta la amargura de una eliminación.
De hecho, el 16 de agosto del 2026, día en que dejó este plano existencial, en la transmisión semanal de los “Domingos de Grandes Ligas” por el Canal 9 de Televisa, Antonio “Toño” de Valdés y Enrique Burak dejaron por unos instantes la crónica del juego Dodgers-Cerveceros para brindarle un reconocimiento en su memoria.
Ambos lamentaron el fallecimiento y evocaron que en los ochenta compartieron créditos en narraciones de los Diablos Rojos del México, asimismo, los dos comentaristas coincidieron en la minuciosa manera de llevar el box score de Cortés Espinosa, mediante lápices de varios colores. Además, como dato peculiar, soltaron la anécdota: “no sólo era un apasionado del beisbol, sino también un gran fan de las películas de James Bond, el famoso agente 007”.
Sin duda alguna, la afición hermosillense igualmente lo recordará junto a sus frases, sobre todo la clásica al final de cada encuentro: “Hasta el último out con los Naranjeros, porque el naranja es mi color”, o las situacionales: “está sentado sobre un barril de pólvora”, “una carrera más sucia que la mente de un prestamista”, “cruza el Niágara en bicicleta”, en fin, citas ya inmortalizadas en la memoria colectiva.
A mí definitivamente me pasará igual, será difícil escuchar un juego de los Naranjeros sin esa voz, pero, más allá de eso, en lo personal, jamás olvidaré a aquel Jaime Francisco que conocí afuera de la cabina de radio hace casi 40 años con un común denominador: la pasión por el beisbol.



