
México y la fiebre mundialista
Mariano Ríos Ávila (columnista invitado)
CIUDAD DE MÉXICO.- La Selección Mexicana dio un paso importante en la Copa del Mundo 2026 tras vencer por la mínima diferencia a Corea del Sur en un partido que definía el liderato del Grupo “A” y que prácticamente aseguraba el boleto a la siguiente ronda.
Sin embargo, más allá del resultado, el encuentro dejó más dudas que certezas sobre el funcionamiento del equipo dirigido por Javier Aguirre.
Durante los primeros 45 minutos, Corea del Sur fue el conjunto que mostró mayor iniciativa. Los asiáticos controlaron amplios lapsos del encuentro y generaron las opciones más claras, aunque sin lograr reflejarlo en el marcador. México resistió y se fue al descanso con un empate que parecía favorecer más a los coreanos que al propio “Tricolor”.
Para la segunda mitad, el desarrollo del partido cambió poco. México continuó sin encontrar una identidad futbolística clara, pero volvió a demostrar algo que ha caracterizado su participación hasta ahora: Una notable capacidad para aprovechar las oportunidades.
El único gol del encuentro llegó tras un error del guardameta coreano, quien dejó un balón a la deriva dentro del área. Luis Romo, exjugador de Cruz Azul, apareció en el lugar indicado para empujar el esférico y marcar el tanto que terminó definiendo el partido.
México avanza, pero todavía no convence.
La realidad es que el conjunto nacional suma puntos, obtiene resultados y se acerca a los objetivos deportivos, pero sigue lejos de mostrar el nivel futbolístico que exige una Copa del Mundo. No obstante, el verdadero fenómeno ocurrió fuera de la cancha.
Lo que se vivió en la Ciudad de México después del encuentro fue una auténtica explosión social.
Alegría, euforia, fiesta y descontrol tomaron las calles de la capital. Miles de personas se congregaron en el Ángel de la Independencia para celebrar una victoria que, siendo objetivos, llegó en apenas la segunda jornada de la fase de grupos y por una diferencia mínima. La pregunta resulta inevitable: ¿por qué un triunfo de estas características provocó semejante reacción colectiva?
La respuesta quizá va más allá del futbol.
Por unas horas desaparecieron las diferencias sociales, políticas y económicas que suelen dividir a los mexicanos durante todo el año. La ciudad hizo una pausa y se generó una energía colectiva pocas veces vista. Personas de distintos sectores sociales compartieron el mismo espacio, el mismo festejo y el mismo sentimiento de pertenencia.
En un país golpeado por la violencia, la incertidumbre económica y la constante polarización social, el fútbol volvió a convertirse en un refugio emocional. Tal vez por eso cada triunfo mundialista adquiere una dimensión que supera lo deportivo.
México carece de referentes deportivos masivos en muchas disciplinas. Durante décadas, las instituciones deportivas y gubernamentales han sido incapaces de consolidar proyectos que permitan generar figuras constantes en diferentes deportes. Esa ausencia provoca que el fútbol concentre buena parte de las emociones, esperanzas y aspiraciones colectivas de millones de personas.
Por eso, cuando la selección gana, aunque no juegue bien, gran parte del país siente que también está ganando.
Sin embargo, también existe una reflexión necesaria.
La celebración es positiva. El sentido de identidad nacional es valioso. La alegría colectiva fortalece el tejido social. Pero otra cosa muy distinta es el exceso.
Las imágenes en Paseo de la Reforma mostraron escenas que sólo parecen posibles en México: Personas consumiendo alcohol sobre los camellones, familias enteras ocupando vialidades principales, comercios vendiendo sin descanso y una multitud que convirtió el Ángel de la Independencia en la cantina más grande de América Latina.
Se calcula que más de 400 mil personas participaron en los festejos.
La pregunta es si realmente necesitamos que la celebración termine en caos para demostrar nuestra felicidad.
Porque una cosa es festejar y otra muy distinta normalizar el desorden, los actos de violencia, el abuso en el consumo de alcohol o dejar una de las avenidas más importantes del país convertida en un enorme basurero público.
El mexicano sabe celebrar. Eso forma parte de nuestra identidad. Pero también debemos aprender que la pasión no está peleada con la responsabilidad.
Ahora, México enfrentará el próximo 24 de junio a República Checa con la posibilidad de cerrar una fase de grupos histórica. Nunca antes el Tricolor ha logrado ganar sus tres partidos de la primera ronda en una Copa del Mundo.
La oportunidad está ahí.
La mesa está puesta para que esta generación supere algunos de los límites que históricamente han acompañado al fútbol mexicano. Pero también para demostrar que la madurez de una afición no sólo se mide por la intensidad con la que celebra, sino por la forma en que lo hace.
La fiesta mundialista continuará mientras México siga avanzando. La gran pregunta es si el crecimiento deportivo del país podrá ir acompañado también de una evolución cultural dentro y fuera de las tribunas.
Porque ganar emociona. Pero aprender a celebrar también forma parte de la victoria.
Mariano Ríos Ávila: Maestro en Periodismo Deportivo y Fotógrafo Deportivo


