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El sueño mundialista que se renueva cada cuatro años

Mariano Ríos Ávila (columnista invitado)

CIUDAD DE MÉXICO.- Cada cuatro años, México vuelve a ilusionarse. Cada cuatro años, millones de aficionados se convencen de que esta vez será diferente. Y cada cuatro años, la Selección Mexicana enfrenta el mismo desafío: demostrar que puede competir de verdad con la élite del futbol mundial.

La herida de Qatar 2022 sigue abierta. México quedó eliminado en fase de grupos por primera vez desde Argentina 1978, cerrando uno de los procesos más decepcionantes de los últimos años. Paradójicamente, el proyecto encabezado por Gerardo “Tata” Martino registró uno de los porcentajes de victorias más altos en la historia reciente del “Tri”, cercano al 68%. Sin embargo, en el futbol los números sirven de poco cuando no aparecen en el momento decisivo. El balance final fue contundente: fracaso deportivo y una selección que perdió identidad, confianza y rumbo.

El camino hacia el Mundial 2026 comenzó tarde y con una preocupante falta de planeación. En apenas cuatro años, México pasó por tres entrenadores distintos. La llegada de Diego Cocca representó una decisión cuestionada desde su origen. Impulsado por la dirigencia, el técnico argentino nunca logró conectar con el entorno ni con la afición. La selección perdió aún más claridad futbolística y terminó navegando sin una idea definida de juego.

Entonces apareció Jaime Lozano. Joven, mexicano, medallista olímpico en Tokio 2020 y con una propuesta que despertaba ilusión. Su llegada representó una apuesta por la renovación y por un proyecto con identidad nacional. Ganó la Copa Oro 2023 y parecía tener el respaldo de la afición. Sin embargo, la inexperiencia terminó pesando. Las derrotas ante Estados Unidos y la eliminación en la Copa América 2024 sentenciaron un proceso que quizá necesitaba más tiempo para madurar.

Cuando Lozano dejó el cargo, la Selección Mexicana atravesaba uno de sus momentos de menor credibilidad. La afición estaba desencantada, el proyecto deportivo era incierto y muchos futbolistas parecían más preocupados por su valor de mercado que por representar al país.

Fue entonces cuando regresó Javier Aguirre. El “Vasco” volvió como el hombre de experiencia, el técnico de las emergencias, el entrenador que ya había rescatado a México en dos ocasiones anteriores. Y los resultados comenzaron a aparecer. Aguirre conquistó la Nations League y la Copa Oro en 2025, convirtiéndose en el único de los tres entrenadores recientes en ganar dos títulos oficiales durante un mismo ciclo mundialista.

Sin embargo, los títulos previos no garantizan nada cuando comienza la Copa del Mundo.

El pasado 11 de junio, México inauguró su Mundial enfrentando a Sudáfrica, exactamente 16 años después de aquel empate 1-1 en Sudáfrica 2010. El escenario parecía ideal: localía, un Estadio Azteca repleto y una afición entregada. Todo estaba preparado para una actuación convincente.

México ganó. Pero no convenció.

La selección dominó amplios sectores del encuentro, controló la posesión y generó oportunidades. Sin embargo, volvió a mostrar una vieja enfermedad que la persigue desde hace décadas: la incapacidad de ser contundente cuando más importa.

¿Por qué México parece encogerse en los momentos que deberían impulsarlo?

¿Por qué cuando llega la hora de demostrar su verdadero nivel aparece la duda, la imprecisión y el miedo a equivocarse?

La sensación que dejó el debut fue contradictoria. Se obtuvo el resultado, pero quedaron muchas interrogantes. El equipo sigue mostrando dificultades para manejar la presión de los grandes escenarios. A ratos parece que el peso de la historia, de la expectativa y de la obligación termina jugando en contra.

Y eso resulta aún más llamativo cuando se observa a la afición. Más de 80 mil personas llenaron el Estadio Azteca. Cientos de miles siguieron el partido en plazas y espacios públicos. El país entero volvió a creer. El apoyo fue absoluto.

La afición cumplió.

La selección, todavía no.

Ahora viene Corea del Sur, una selección que representa exactamente lo que México aspira a ser. Un equipo disciplinado, dinámico, técnicamente sólido y con una evolución constante en los últimos años. Los asiáticos han construido un proyecto serio que hoy les permite competir de tú a tú contra rivales de mayor tradición.

México, por el contrario, sigue dependiendo de la experiencia, la localía y los destellos individuales. Además, llegará con problemas defensivos tras la expulsión de César Montes, una baja sensible para una zaga que ya mostró dificultades en velocidad y concentración.

El Mundial apenas comienza. Todavía hay margen para crecer y corregir. Pero si algo dejó claro el debut es que la victoria por sí sola ya no basta.

México ganó el partido.

Ahora le toca demostrar que también puede ganar credibilidad.

Porque el sueño mundialista se renueva cada cuatro años, pero la paciencia de la afición no.

Mariano Ríos Ávila: Maestro en Periodismo Deportivo y Fotógrafo Deportivo